¿Sería un alumno avanzado aquel que hace diez años toma clases de canto en las que lleva un CD, lo escucha con el "profesor" y luego intenta, con sus sugerencias, copiar la forma de cantar del artista?
¿Es un principiante alguien con total dominio de su cuerpo y voluntad, como podría ser un experto en artes marciales, aunque no haya cantado ni un día de su vida?
Cuando en esta Escuela hablamos de nivel técnico, hablamos de habernos liberado de ciertos vicios, como el ruido al respirar, y de dominar ciertos parámetros (la resonancia que logramos con la postura, la relajación de la garganta en todo momento, el poder pasar cómodamente de notas graves a agudas...).
Es muy –pero muy– frecuente que un verdadero principiante piense que como nunca cantó antes, ya es tarde en su vida para comenzar a hacerlo con seriedad y que un experto cantante piense que está demasiado adelantado en el camino como para revisar los cimientos.
[Del libro Cantar sin limitaciones, de Laura Kersevan, Buenos Aires, Ed. CambiáTuVoz, 2014.]
Afinar es la capacidad de emitir la
voz en una altura específica. Una parte de la afinación es
"mental". La otra parte es mecánica. ¿Podemos imaginar cómo es pensar
una nota y que sin querer "nos salga" otra? Categorizando las
distintas causas posibles de desafinación entenderemos por qué no es un
problema tan serio de resolver. Estas categorías surgen de nuestras
observaciones personales. ¡No son nombres científicos!
Imposibilidad física real. A veces
las razones por las que no podemos cantar la nota correcta tienen que ver
con el instrumento físico, por ejemplo, si mis cuerdas vocales no pueden
vibrar tan lento o tan rápido como es necesario. Hay notas que no puedo
cantar, ¡simplemente porque no llego!
Dificultad técnica. Hay
muchísimas personas aparentemente "desafinadas" que respiran mal
o tienen una mala postura, comprimiendo la garganta e impidiendo que las
cuerdas vocales vibren tranquilas.
Falta de tonicidad, tensión excesiva o
rigidez. La desafinación técnica también puede
ser por tener los músculos "un poco flojos", por la falta de
uso. Mientras acostumbro a mis cuerdas a estirarse cada vez más, algunas
de mis notas sonarán más bajas de lo necesario: muscularmente todavía no
llego.
Hay muchos más tipos de desafinación, lo que evidencia que no sólo se desafina por "no tener oído". ¡Te invitamos a leerlos en Cantar sin limitaciones, de Laura Kersevan!
[Del libro Cantar sin limitaciones, de Laura Kersevan, Buenos Aires, Ed. CambiáTuVoz, 2014.]
Cuando buscamos un profesor, escuela o técnica de canto, la
información que encontramos nos resulta doblemente incierta porque suelen ser
datos sobre algo desconocido. Son tantas las opciones, tantos los factores: que
me quede cerca pero que sea bueno (¿qué será “bueno” si no conozco nada?), que
parezca serio, que no sea aburrido, que me dejen cantar lo que me gusta. Con un
poco de suerte, en el período de información previa a la decisión nos
iluminemos con la conciencia del principal costo oculto: aprender mal puede
hacernos perder mucho. Aprender a cantar no es pagar para cantar alegremente
mientras salticamos en un prado tapizado de trébol: estamos invirtiendo salud
(vocal, mental, espiritual…) y tiempo.
Para saber si un profesor es caro más me vale saber cuánto
vale para mí y cuánto estoy dispuesto a perder por un error en el juicio.
Descartando la obviedad de que un profesor puede ser barato y malísimo, podemos
creer que el que cobra menos nos dará lo mismo pero a bajo precio.
Un profesor puede ser bueno y barato, y otro malo y carísimo
(mejor ni pensarlo) y otro, bueno y carísimo… Como una batalla entre el Bien y
el Mal. Si desactivamos ese pensamiento, veremos que sólo es cuestión de
verificar qué sea “bueno” o “malo” para nosotros. Entonces, podemos animarnos a
probar muchos lugares, muchos profesores, considerando que experimentar para
informarnos y decidir con conciencia es una inversión y no un gasto.
Los que hicieron el Curso Inicial conocen la importancia de hacer una buena "A". Esa vocal que algunos llaman "del alma", esa que nos sale espontáneamente cuando intentamos recordar una canción (si no, ¿por qué decimos "la, la, la" y no "lo, lo, lo" o "le, le, le"?), es un termómetro de nuestra técnica: si la "A" está rara, todo lo demás estará raro también.
Tomamos a Gardel no porque fuera el aniversario de su natalicio; ninguna efeméride en particular, ningún motivo en especial salvo su perfecta comprensión de la teoría de la "A". ¿Intuitivamente, o tras largos años de estudio? ¡Qué importa!
Cuesta abajo
Prestar especial atención a partir del minuto 1:00. "Ahora, cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas, yo no las puedo arrancar". En esa última "a" de "arrancar" comienza a pasar por cada una de las notas que se encuentran desde allí hasta la nota de "sueño".
Prestar más atención aún. ¿Las "aes" de "ahora", "abajo", "rodada", "pasadas", son las mismas que la que se encuentra en la última sílaba de "arrancar"? La diferencia puede parecer sutil, pero si Gardel hubiese hecho una "a" más "chata", menos "redonda" que esa última, no podría haber hechoesa escala de notas con esa perfección, todas ligadas, todas con cuerpo y con resonancia plena.
El día que me quieras
Esa "a" de "Acaricia...", ¿es una "a" bien o mal pronunciada? Tan mala no será, porque Gardel después puede desarrollar una frase que contiene otras vocales, y lo hace excelentemente. Notar los finales de frase que terminan en "a" ("suspirar", "cantar", "olvida"). Ninguna "a" puede sostenerse vocalmente en el tiempo si está mal formada (bueno, sí, puede sostenerse, pero estaría fuera de estilo y el cantante estaría forzando el sonido desde la garganta; si lo hiciera todos los días, acabaría por dolerle).
En síntesis: Gardel podía hacer una "a" más redonda, profunda, con una resonancia más grave, pero también podía hacer una "a" que sonara más "argentina" que las otras, sin perder la resonancia y manteniendo la línea de lo que cantaba. Porque la pronunciación es una actividad que él realizaba sin involucrar a la laringe. Era una pura cuestión de forma: la forma de cada "a" se moldeaba a gusto, porque tenía a la garganta como en una cajita de cristal, sin hacer nada, pues el resto del cuerpo hacía lo que tenía que hacer para no estorbarla.
Yira yira (ahora sí, más claro aún)
Notar esa "a" de "yira". Esa es la auténtica "a" libre de todo color porteño (pero sin la cual no podríamos cantar bien el tango), una genuina "a" neutra, el sonido del cuerpo humano, sonando.
Otro ejemplo, menos esperado: Juntos a la par, de Pappo
Si Pappo llegó hasta el último de sus discos cantando con toda su voz, fue porque venía haciendo bien las cosas. Esa "a" de "par", en cada final de frase... ¿qué tal?
[Del libro Cantar sin limitaciones, de Laura Kersevan, Buenos Aires, Ed. CambiáTuVoz, 2014.]
"Es lógico que sólo alguien con talento pueda cantar bien. Alguien sin talento no va a llegar a nada, va a sonar mal, desafinado...". Este tipo de afirmaciones nos resulta seguramente muy familiar. Aquel que "no tiene talento" o tiene poco... ¿tiene que resignarse a no cantar nunca jamás, a pesar de que lo haga feliz?
Otro "ejemplo" popular: "María X" canta en bares, tiene algunos proyectos musicales y tiene "linda voz". Sus amigos y familiares siempre consideraron, de chiquita, que era muy talentosa. Sin embargo, también opinan que llegó a un techo en su capacidad vocal (le cuestan los agudos y se queda disfónica con frecuencia) y creen que tiene que conformarse con lo que tiene. ¿Debe resignarse? ¿Sus condiciones le alcanzaron para llegar hasta donde está, y eso es todo?
Sin importar si somos principiantes o cantantes experimentados, desafinar, tener "fea voz", no llegar a las notas más altas, ser desprolijos o padecer dolor al cantar, por ejemplo, son sólo una evidencia de que no estamos aprovechando todo nuestro potencial como instrumento musical.
Si creemos que no tenemos talento, ya nos pusimos un límite. Si estamos esperando que "descubran" nuestro talento, quizás esperaremos por siempre. ¡Qué curioso! Se nos ocurren todas estas cosas, pero no podemos siquiera imaginar que quizás haya malezas en el camino y sólo sea cuestión de identificarlas y eliminarlas.
¿O acaso nuestro cantante favorito no tiene, como nosotros, dos pulmones, dos cuerdas vocales, costillas, músculos, etc., etc.?
Es el hecho de cantar lo que nos resulta instintivo. Pero la forma en que emitimos la voz evidencia los miles de años de nuestra particular evolución como raza. La vida en las sociedades modernas, el predominio de la razón por sobre los instintos... es tanto lo que nos aleja de nuestra naturaleza animal que prácticamente ya no registramos ser parte de ese reino.
Al fin y al cabo debemos ser la única especie que se juzga tan duramente. Al desarrollar sentimientos tales como vergüenza o pudor cantamos según el canon de lo socialmente aceptable, de nuestras expectativas con nosotros mismos, de nuestra autoestima.
Ahí se gesta el quiebre entre lo interno (las ganas de cantar, la necesidad urgente de expresarnos con lo que tenemos más "a mano") y el problema de no ser lo suficientemente buenos, de no dominar nuestro sonido, de no gustarnos, y en definitiva, de haber olvidado nuestra naturaleza biológicamente animal...
Cantar es instintivo pero nuestra forma de cantar no lo es.
Juan abandonó el tratamiento de sus nódulos cuando su fonoaudióloga le
pidió el teléfono de la profesora de canto con la que él se había
formado "porque le interesaba aprender a cantar".
[Del libro Cantar sin limitaciones, de Laura Kersevan]
Porque canta bien/lindo.
Porque la mayoría opina que es habilidoso.
Porque me hace emocionar.
Porque tiene una voz potente/es muy afinado.
Porque tiene actitud/“onda”.
Porque ha desarrollado una carrera exitosa.
Porque se anima a mostrarse.
Porque hace algo que la mayoría no puede hacer.
…Porque hace algo que yo no puedo hacer.
A simple vista, parece obvio que el talento es concreto y objetivo. Al menos para cada uno de nosotros es fácil escuchar y juzgar el talento ajeno. Pero entonces, ¿por qué no todos consideramos talentosas a las mismas personas?
Algunos ejemplos “dudosos”:
a.Una nena que canta en el acto del colegio. La mamá opina que claramente es la próxima reina del pop. La profesora de música piensa que por suerte la única nena que se animó a cantar en público más o menos “la pega” con las notas y no la va a hacer quedar mal.
b.Un participante de un concurso de TV canta un aria de ópera. El público lo aplaude de pie, con lágrimas en los ojos. Un director de orquesta opina que es un perro desafinado y que merece poco menos que el fusilamiento.
c.Una cantante melódica que canta canciones despechadas. Sus seguidoras opinan que tiene una voz fuera de serie. Sus detractores le pondrían un bozal por “gritona”.
d.El “mejor cantante de rock de todos los tiempos”. Yo opino que, aun sin tener una técnica perfecta, hace maravillas con su voz y logra emocionar y transmitir como nadie. Mi madre opina que esos chillidos destemplados y tanto “chingui-chingui” no debieran ser llamados música.
En realidad el talento, como tantas otras cosas, es una cuestión objetiva –la solvencia en una determinada área–, dentro de un contexto altamente subjetivo –qué se juzga y quién lo juzga–. De alguna manera…
Si el otro logra dominar eso que yo considero difícil o valioso, para mí es talentoso.
Quien considera no tener “el don”, se queja porque no se lo dieron. Quien considera tenerlo en alguna medida, por ejemplo, quien tiene el don de la afinación pero no percibe el camino completo, se sentará a esperar que “le llueva” la linda voz o el amplio (la cantidad de notas que puede abarcar). Si mejorar le requiere algún tipo de esfuerzo, automáticamente se dará por “falto de suficiente talento” y se dedicará a protestar porque “le dieron poco y no le alcanza”…
Muchas veces, quien afirma no tener talento nos está diciendo, inconscientemente, que no está dispuesto a invertir lo necesario para desarrollar nuevas habilidades.